Desafíos de Laudato Si al mundo del trabajo

            En esta breve reflexión, presentaré primeramente algunas ideas básicas de la DSI sobre el trabajo. Seguidamente señalaré algunas cuestiones nucleares de Laudato si sobre la realidad económica y, finalmente, señalaré algunas afirmaciones e interrogantes que plantea sobre el trabajo.

            1. Ideas básicas de la DSI sobre el trabajo

            El trabajo es una de las cuestiones clave y fundamentales de todo el corpus doctrinal que forma la Doctrina Social de la Iglesia. LE 3 dice que “Es, de alguna manera, un elemento fijo tanto de la vida social como de las enseñanzas de la Iglesia… el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y si la solución, o mejor, la solución gradual de la cuestión social, que se presenta de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de "hacer la vida humana más humana", entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere una importancia fundamental y decisiva”.

            En el CDSI 256 se afirma que el TRABAJO “pertenece a la condición originaria n consecuencia, en CDSI 264 encontramos una valoración muy positiva y noble del mismo: “es parte integrante de la condición humana, sin ser la única razón de la vida”. Por eso, “el trabajo debe ser honrado porque es fuente de riqueza o, al menos, de condiciones para una vida decorosa y, en general, instrumento eficaz contra la pobreza… Pero no debe ceder a la tentación de idolatrarlo, porque en él no se puede encontrar el sentido último y definitivo de la vida. El trabajo es esencial, pero es Dios, no el trabajo, la fuente de la vida y el fin del hombre”.

            El propio Jesús estimó el trabajo; Él es el hijo del carpintero y, él mismo, un trabajador más. El papa Francisco en EG 197 afirma que “creció en un hogar de sencillos trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan”; y en LS 98 podemos leer: “Llama la atención que la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una exis­tencia sencilla que no despertaba admiración algu­na: «¿No es este el carpintero, el hijo de María? » (Mc 6,3). Así santificó el trabajo y le otorgó un peculiar valor para nuestra maduración. San Juan Pablo II enseñaba que, «soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por no­sotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad» LE 27”.

            La actividad humana, (cf. CDSI 262), debe ser manifestación de la grandeza del hombre y de la creación. Podemos afirmar sin temor que “el trabajo representa una dimensión fundamental de la existencia humana no solo como participación en la obra de la creación, sino también de la redención… es expresión de la plena humanidad del hombre, en su condición histórica y en su orientación escatológica: su acción libre y responsable muestra su íntima relación con el Creador y su potencial creativo, mientras combate día a día la deformación del pecado, también al ganarse el pan con el sudor de su frente”.

            Para la Iglesia, “el trabajo confirma la profunda identidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios” (CDSI 275)

            Esto, lógicamente, tiene una consecuencia transcendental para el ser y hacer de la Iglesia, que en todo debe reflejar su Fe en la Encarnación del Hijo de Dios, y es que, como afirma CDSI 264, a pesar de la naturaleza transitoria de los acontecimientos de este mundo, esto no exime a la Iglesia “de ninguna tarea histórica, mucho menos del trabajo”.

            Para la DSI, CDSI 265, dos son los motivos fundamentales para trabajar: ganar el pan de cada día, para su propia dignidad y no ser una carga (cf. CDSI 264), y ayudar a los pobres. Más adelante veremos que la DSI subraya con singular intensidad esto en relación al sostenimiento de la familia y la prole. Y, abriéndose a una perspectiva más amplia, CA 43 nos dice que “El hombre trabaja para cubrir las necesidades de su familia, de la comunidad de la que forma parte, de la nación y, en definitiva, de toda la humanidad”.

            Por esto, no debe de extrañarnos que la DSI subraye que el trabajar es un deber. Así lo afirma CDSI 274: El trabajo es también «una obligación, es decir, un deber del hombre» (LE 16). El hombre debe trabajar tanto porque el Creador se lo ha mandado, como para responder a las exigencias de su mantenimiento y desarrollo de su misma humanidad. El trabajo se ve como obligación moral con relación al prójimo, que es en primer lugar su propia familia, pero también la sociedad, a la que pertenece, la Nación de la que se es hijos o hijas, la entera familia humana, de la que se es miembro: somos herederos del trabajo de generaciones y juntos artífices del futuro de todos los hombres que vivirán después de nosotros.

            Dos temas son fundamentales en la reflexión que hace la DSI sobre el trabajo: su dignidad, y la relación Trabajo-Capital.

            a) La dignidad del trabajo

       Esta idea se desarrolla en la DSI considerando la dimensión objetiva y subjetiva del trabajo. Apoyándose en la explicitación y defensa de estas dos dimensiones, y la prioridad que establece de la segunda sobre la primera, la Iglesia construye actualmente toda su reflexión moral sobre el mismo.

El trabajo humano tiene una doble dimensión: objetiva y subjetiva.

  • La dimensión objetiva: es la constituida por el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas de las que el hombre se sirve para producir (cf. LE 5).
  • La dimensión subjetiva: es el actuar del hombre, expresión de su ser “imagen de Dios”, persona capaz de actuar racionalmente (Cf. LE 6).

            Si la dimensión objetiva responde a las preguntas, ¿qué?, ¿con qué? ¿cómo?, la dimensión subjetiva lo hace a ¿quién?. Es evidente que las primeras preguntas representan realidades mudables y contingentes, mientras que la última, ¿quién?, refleja el lado inmutable, porque ese quién, es el hombre, y por tanto, manifestación y expresión de su dignidad.

            Esta diferenciación es la clave a la hora de juzgar éticamente el mundo del trabajo y su organización social, cultural, política y económica.       La cuestión que hemos de dejar clara es la prioridad de la dimensión subjetiva sobre la objetiva: “El trabajo en sentido objetivo debe estar subordinado,…, a la dignidad del hombre, al sujeto del trabajo y no a las ventajas económicas” (LE 22d). La persona, su dignidad, es la medida de la dignidad del trabajo, y por tanto, el punto de arranque de la reflexión ética de la Iglesia sobre él. No olvidemos que la DSI es teología moral social. La economía es una realidad humana y, por tanto, sujeta a la ética. Debe estar al servicio del hombre y no al revés (cf. CDSI 283).

            Como nos dice CDSI 271, la dimensión subjetiva impide considerar al trabajo como una simple mercancía o un elemento impersonal de la organización productiva, por eso, la DSI condena a cualquier forma de materialismo o economicismo que reduzca al trabajador a un mero instrumento, una pieza más, del engranaje productivo, a simple fuerza-trabajo. No menos grave es, respecto al trabajo, la cultura relativista que, como afirma Laudato Si 123 “es la misma pa­tología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligán­dola a trabajos forzados…”. La persona es el punto de origen del trabajo, y a ella está ordenado y orientado en su fin último.

            Pero no podemos quedarnos en la dimensión personal, el trabajo es también expresión de su dimensión social. CDSI 273 nos recuerda que el trabajo posee una intrínseca dimensión social y, consecuentemente, como afirma QA 69: “no puede ser valorado justamente ni remunerado equitativamente si no se tiene en cuanta su carácter social e individual”.

            En este contexto antropológico en el que la DSI valora y tiene en cuenta la dimensión personal y social del hombre y del trabajo, LE 10 nos dice que el trabajo es “el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre” El trabajo garantiza la subsistencia y educación de la prole.

            b) Las relaciones capital-trabajo

            Quiero empezar este apartado con la que calificó Pío XI en QA 100 como “frase feliz” de León XIII: "Ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital" (RN 15). Pero, se “viola el recto orden” cuando “el capital abusa de los obreros y de la clase proletaria con la finalidad y de tal forma que los negocios e incluso toda la economía se plieguen a su exclusiva voluntad y provecho, sin tener en cuenta para nada ni la dignidad humana de los trabajadores, ni el carácter social de la economía, ni aun siquiera la misma justicia social y bien común” (QA 101).

            GS 67 afirmará que “El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económica, pues estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos”, quedando esta prioridad del trabajo subrayada por LE 12a que afirma que “se debe ante todo recordar un principio enseñado siempre por la Iglesia. Es el principio de la prioridad del "trabajo" frente al "capital". Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el "capital", siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia histórica del hombre”.

            El trabajo es superior a cualquier factor de producción, incluido el capital, por su carácter subjetivo/personal. Esto, como señala QA 100, no supone minusvalorar el papel e importancia que tiene el capital en la economía y en la misma realidad del trabajo.

            Señalada esta superioridad del trabajo sobre el capital, es necesario no olvidar, como ya ha ido quedando expresado, su necesaria y debida complementariedad. La DSI defiende que el recurso principal y el factor decisivo de que dispone el hombre es el hombre mismo (cf. CA 32). El alcance cuantitativo y cualitativo actual de la robótica/IA, que plantea no la ayuda al hombre, sino la sustitución del mismo, en el trabajo actual supone un desafío a esta afirmación y nos lleva a abrirnos a un concepto de trabajo mucho más amplio que el trabajo asalariado y tener en cuenta el trabajo reproductivo y voluntario.

            Cuando es al revés, cuando el capital es priorizado frente al trabajo, este último queda “por debajo de la materia” y es “alienante”, bajo las formas clásicas: infantil, informal, mal remunerado, y las modernas: super-trabajo, trabajo-carrera, la excesiva flexibilidad, la segmentación del mismo. (cf. CDSI 280). Esto manifestación de la más grave de las perversiones, alterar la relación fines-medios, invirtiéndola (cf. CA 41).

 

            2. Cuestiones nucleares de Laudato si sobre la realidad económica

            Enumeramos aquí una serie de cuestiones que plantea LS sobre la realidad económica y que interpelan al mundo del trabajo después de lo anteriormente expuesto.

1. La justicia con los pobres (LS 10).

2. La Cultura del descarte (LS 22).

3. Crisis antropológica: cómo entender la vida y la acción humana (LS 101).

4. Paradigma tecnocrático. Búsqueda del beneficio económico a cualquier precio que no garantiza el Desarrollo Humano Integral y la inclusión social (LS 107-109).

5. Fragmentación del saber. Ruptura de la visión holística. Reduccionismo que lleva a una economía humanicida: olvida a los pobres, al medio ambiente,...

            * Poner en relación la dimensión científica, económica,            política, social, cultural, humana y espiritual de la ecología (LS 111.137-138).

            * Valor central del principio del BIEN COMÚN (LS 156).

6. Relativismo moral (LS 122).

7. Prioridad del trabajo sobre el capital (LS 129)

8. Papel del Estado y superación del mercado (LS 129).

9. Cambiar el modelo de desarrollo global. Verdadera competitividad y opción por la economía a pequeña escala (LS 194. 190). La rentabilidad no puede ser el único criterio (LS 187. 195).

10. Desarrollo global (LS 193).

11. Estilo de vida. Austeridad responsable (LS 211. 214-222) Economía ecológica. Conversión ecológica.

12. Papel de educador de la Iglesia (LS 214).

 

            3. Desafíos de Laudato si al mundo del trabajo.

            En este punto será nuestra referencia y guía obligada Laudato si 124. “En cualquier planteo sobre una ecología integral, que no excluya al ser humano, es indis­pensable incorporar el valor del trabajo,…”.

            Junto a esto, es imprescindible tener presente la defensa que hace LS del hombre como ser relacional y su universo relacional: el mismo, los otros, Dios y el Medio Ambiente.

            En este mundo relacional, el trabajo es una realidad protagonista, ya que nos pone en relación con el mundo que nos rodea, y que el mismo trabajo, su concepción y comprensión, está afectado por nuestra manera de entender y realizar nuestras relaciones con el mundo: “Si intentamos pensar cuáles son las rela­ciones adecuadas del ser humano con el mundo que lo rodea, emerge la necesidad de una correc­ta concepción del trabajo porque, si hablamos sobre la relación del ser humano con las cosas, aparece la pregunta por el sentido y la finalidad de la acción humana sobre la realidad. No habla­mos sólo del trabajo manual o del trabajo con la tierra, sino de cualquier actividad que implique alguna transformación de lo existente, desde la elaboración de un informe social hasta el diseño de un desarrollo tecnológico. Cualquier forma de trabajo tiene detrás una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer con lo otro de sí. La espiritualidad cristiana, junto con la admiración contemplativa de las criaturas que encontramos en san Francisco de Asís, ha desa­rrollado también una rica y sana comprensión sobre el trabajo, como podemos encontrar, por ejemplo, en la vida del beato Carlos de Foucauld y sus discípulos” LS 125.

 

            De esta manera se nos hace más evidente la importancia de relacionar adecuadamente trabajo y espiritualidad, acción transformadora y recogimiento: “Esta introducción del trabajo manual impregnado de sentido espiritual fue revolucionaria. Se aprendió a buscar la ma­duración y la santificación en la compenetración entre el recogimiento y el trabajo. Esa manera de vivir el trabajo nos vuelve más cuidadosos y res­petuosos del ambiente, impregna de sana sobrie­dad nuestra relación con el mundo” LS 126.

 

            Esta relación no es baladí, e ignorarla o no vivirla de manera correcta tiene consecuencias muy negativas para el mismo trabajo: “Decimos que «el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-so­cial» (GS 63). No obstante, cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del tra­bajo se desfigure (CA 37)... El trabajo debería ser el ámbito de este múlti­ple desarrollo personal, donde se ponen en juego muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección del futuro, el desarrollo de capacida­des, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, una actitud de adoración” LS 127.

 

            La misma manera de organizar el trabajo y la actividad económica incide directamente en el Medio ambiente: “Un estudio del impacto ambiental no de­bería ser posterior a la elaboración de un proyec­to productivo o de cualquier política, plan o pro­grama a desarrollarse. Tiene que insertarse desde el principio y elaborarse de modo interdiscipli­nario, transparente e independiente de toda pre­sión económica o política. Debe conectarse con el análisis de las condiciones de trabajo y de los posibles efectos en la salud física y mental de las personas, en la economía local, en la seguridad” (LS 183). Esto tiene consecuencias notablemente beneficiosas pues “La diversificación productiva da amplísimas posibilidades a la inteligencia humana para crear e innovar, a la vez que protege el ambiente y crea más fuentes de trabajo” (LS 192).

 

            También establece LS 237 una vinculación entre trabajo, descanso y cuidado del Medio ambiente, pues “La ley del descanso semanal imponía abstenerse del trabajo el séptimo día «para que reposen tu buey y tu asno y puedan respirar el hijo de tu esclava y el emigrante» (Ex 23,12). El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás. Así, el día de descanso, cuyo centro es la Eucaristía, derrama su luz sobre la semana entera y nos motiva a incorporar el cuidado de la natu­raleza y de los pobres”.

 

            Termino planteando una cuestión que ya afecta directamente al mundo del trabajo y que LS nos invita a discernir: el paradigma tecnocrático. LS 16 nos invita a “la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología”. Por eso, teniendo en cuenta lo que nos dice LS 185: “En toda discusión acerca de un emprendimiento, una serie de preguntas deberían plantearse en orden a discernir si aportará a un verdadero desarrollo integral: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿De qué manera? ¿Para quién? ¿Cuáles son los riesgos? ¿A qué costo? ¿Quién paga los costos y cómo lo hará?”, tarea de la comunidad cristiana será buscar respuestas humanas y humanizadoras a estas preguntas en la cuestión del impacto que la tecnología, ̶ robótica, inteligencia artificial ̶ , en el mundo del trabajo, teniendo siempre en cuenta lo que Francisco nos dice en LS 112: “Sin embargo, es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral. La liberación del paradigma tecnocrático reinante se produce de hecho en algunas ocasiones. Por ejemplo, cuando comunidades de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sosteniendo un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista. O cuando la técnica se orienta prioritariamente a resolver los problemas concretos de los demás, con la pasión de ayudar a otros a vivir con más dignidad y menos sufrimiento. También cuando la intención creadora de lo bello y su contemplación logran superar el poder objetivante en una suerte de salvación que acontece en lo bello y en la persona que lo contempla. La auténtica humanidad, que invita a una nueva síntesis, parece habitar en medio de la civilización tecnológica, casi imperceptiblemente, como la niebla que se filtra bajo la puerta cerrada. ¿Será una promesa permanente, a pesar de todo, brotando como una empecinada resistencia de lo auténtico?”.

Ignacio María Fernández de Torres

Consiliario de la Comisión Justicia y Paz de Madrid

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