La buena política está al servicio de la paz

El Mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2019 recuerda que la buena política está al servicio de la paz. No es una idea nueva. Ya Juan XXIII afirmaba:

 

“Entre las tareas más graves de los hombres de espíritu generoso hay que incluir, sobre todo, la de establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo el magisterio y la égida de la verdad, la justicia, la caridad y la libertad: primero, entre los individuos; en segundo lugar, entre los ciudadanos y sus respectivos Estados; tercero, entre los Estados entre sí, y, finalmente, entre los individuos, familias, entidades intermedias y Estados particulares, de un lado, y de otro, la comunidad mundial. Tarea sin duda gloriosa, porque con ella podrá consolidarse la paz verdadera según el orden establecido por Dios” (Juan XXIII, Pacem in Terris, n. 163).

 

En su mirada al mundo el pontífice observa las tragedias y la violencia que siempre lo asolan. En su mensaje “Urbi et Orbi” del 25 de diciembre Francisco se refirió al conflicto entre israelíes y palestinos, a la martirizada Siria, a Yemen, exhausto por la guerra y por el hambre, a África, “donde millones de personas están refugiadas o desplazadas y necesitan asistencia humanitaria y seguridad alimentaria”, a Corea, a Venezuela, a Nicaragua y a Ucrania.

 

El papa, en su Mensaje, denuncia la corrupción, “el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”. Por otra parte, denuncia también “actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado”.

 

En el camino por la paz necesitamos:

— la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

— la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre...; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

— la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

 

La paz está en el centro de la misión de los cristianos. Es absolutamente rechazable la búsqueda del poder para el abuso y la injusticia. La política no puede ser un instrumento de opresión y tiranía.  La política debe estar al servicio de la paz y de los derechos humanos:

 

“Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis. El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras” [Benedicto XVI, Caritas in veritate, n. 7.]

 

A los setenta años de la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se puede afirmar con el cardenal Turkson:

 

“A pesar de las solemnes proclamaciones y las expectativas generadas por ellas, se han producido nuevas violaciones de la dignidad humana, mientras que han reaparecido viejas heridas y otras, como en el caso de la esclavitud, han asumido rostros diferentes.

“También es lamentable que, mientras crecen dentro de las naciones la pobreza y la injusticia social, las divergencias entre los estados a menudo siguen abordándose mediante el uso de la fuerza, incluso la fuerza armada, -con consecuencias inevitables y desastrosas para las poblaciones que pagan su doloroso precio-. Persisten en varias partes del mundo los conflictos armados alimentados por oscuros intereses, con su cortejo de violaciones indecibles del derecho a la vida y la integridad física, así como de otros derechos humanos, como el acceso a la atención médica, a la educación, al trabajo y a la vivienda.

“Por lo tanto, es necesario que el derecho fundamental a la paz y al desarrollo integral se reconozca y garantice adecuadamente” [Discurso del Prefecto del Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral con motivo de la Conferencia Internacional de Derechos Humanos en la Pontificia Universidad Gregoriana., 10.12.201].

 

Es deber de la política la lucha por el bien común. La política es una forma eminente de caridad. Con el Papa podemos afirmar:

 

“No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas”.

 

Merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal Vãn Thuận:

 

“Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo” [Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5].

 

Nuestro mundo necesita artesanos de la paz. Necesita liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales en pro de la justicia y de la paz. Precisa el diálogo leal entre todos y el estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse. Los miembros de la Comisión General de Justicia y Paz nos comprometemos en esta tarea.

 

Francisco Javier Alonso Rodríguez
Vicepresidente CG Justicia y Paz

 

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